lunes, 28 de marzo de 2011

Entre algodones

28 de marzo de 2011. Algún sociólogo señaló en su día la mediocridad de las noticias en televisión; dependen demasiado de la imagen, tanto, que si no hay video no hay noticia. Y al revés; si hay video hay noticia. En España disfrutamos de imágenes innecesarias para ilustrar la información, como la de un cuerpo de vaca pudriéndose durante largos e insoportables segundos.

Sorprende que en la otra punta del mundo la reacción de los medios de comunicación sea diferente. Lejos de dejarse llevar por el pánico y la morbosidad, Japón tardó en abandonar su calmada perspectiva. De hecho, el país nipón concedió una nota medianamente baja en la escala INES (calificación mediante la cual se mide el peligro de un accidente nuclear) al desastre de Fukushima.
Este optimismo pudo contagiar al pueblo japonés de una actitud envidiable frente a la catástrofe, pero también es criticado por una comunidad internacional cada vez más temerosa y especulativa. Se duda que el país del Sol Naciente brinde al mundo toda la información que tiene a su disposición. Empero, la cadena japonesa NHK no ha tenido más remedio que bajar la cabeza y reconocer que el posible desastre nuclear puede superar al de Chernóbil.
El pueblo japonés no cesa en denunciar este flujo de comunicación turbio y confuso. Y aunque los medios japoneses evitaron un posible estado de histeria y terror entre sus espectadores, no deja de ser reprochable que para este fin se recurriera a la desinformación y la ambigüedad, y no a un periodismo serio.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Amenaza continua

Fuenlabrada, 23/03/2011 Un fuerte sentimiento de deber y lealtad. Esto es lo que mueve a centenas de operarios de la central de Fukushima a perder la salud o la vida para garantizar la seguridad de su país. Muchos han caído enfermos, y no pocos muertos; los trajes especiales no protegen de todas las partículas peligrosas y los trabajadores han sobrepasado con creces el nivel de exposición mínimo para no padecer cáncer.
Esto es un ejemplo más de la deuda que tiene la energía nuclear con el país nipón. Muchos japoneses padecieron pánico a la radiactividad desde la caída de las bombas atómicas, pero este hecho no evitó la construcción de numerosas centrales nucleares por todo el país. Con las cartas sobre la mesa, no se deja de cuestionar el por qué de estas construcciones en un país con tantos seísmos, e incluso se augura el final de la energía nuclear en Japón.
La situación en Fukushima ha conmocionado todo el mundo, y si bien los habitantes del país del Sol Naciente invocan el recuerdo de Nagashaki e Iroshima, en otros lugares vuelve a aparecer el fantasma de Chernóbil. Y todos vuelven a tener consciencia del problema; la Unión Europea promete revisar todas las centrales nucleares de los países miembros, China pausa construcciones de centrales, Alemania cierra plantas atómicas…
Chernóbil, Three Mile Island, Fukushima… Y en cada accidente o desastre el mundo parece despertarse y concienciarse de nuevo con la problemática nuclear. La amenaza siempre ha existido pero sigue cobrándose víctimas. ¿Cuántos desastres más necesitamos para empezar a tomarnos la seguridad en serio?

domingo, 13 de marzo de 2011

De estatutos y periodistas

En el Estatuto del periodista profesional confluyen unos derechos y obligaciones que, como tal, estos últimos no quedan exentos de sus amonestaciones; como por ejemplo, la retirada parcial del carné que acredita la profesión periodística. Corrieron numerosos ríos de tinta desde la primera propuesta del estatuto; según muchos profesionales, este documento minaría la libertad del ejercicio periodístico.
 Pongamos como referencia algo a lo que se tiene que enfrentar el periodista día a día: transmitir una información lo más objetiva posible. Podrá hacerse una idea de cuál complejo es el trabajo del comunicador. No es una profesión que admita fácilmente las barreras a su ejercicio, aunque su responsabilidad es inmensa: se puede cambiar el mundo con una foto; pero unas irresponsables líneas hundirán el honor de una persona para toda su vida. Será necesario, por tanto, que el periodismo conlleve unos límites de acuerdo con el derecho y que se asegure una actividad veraz y responsable. Paradójicamente, para esta finalidad muchas veces no se trata de restricciones sino de garantizar que el periodista acceda más fácilmente a una información fiable y que pueda publicar su trabajo con libertad.
Por eso mismo, este estatuto promete que los periodistas acreditados como tales puedan desempeñar sus obligaciones con independencia y garantías. Pero queda como asignatura pendiente que estas bonitas intenciones puedan llevarse a la práctica sin que la censura de los propios medios o los intereses económicos y políticos primen sobre el derecho de información.